¿Es
pública la escuela pública? ¿es la Iglesia una institución
religiosa completamente dedicada a servir a los demás? ¿se encarga
el Gobierno de ofrecer lo mejor para el país por encima de los
beneficios propios? ¿priman en ellas el interés de los ciudadanos o
están subordinadas a otros intereses?. Actualmente, todos sabemos
que la respuesta a estas preguntas es negativa. Al fin y al cabo todo
está subordinado a otros intereses económicos; vivimos en un mundo
en el que somos testigos de cómo las grandes autoridades no se
preocupan por los demás, sino por ellos mismos, por sumar ceros a
sus sueldos sin importarles lo más mínimo que las personas vivan en
la calle o se estén muriendo por culpa de su codicia y su extremado
egoísmo.
Lo primero que apunta el autor del artículo es que no ha habido modificaciones en el horario educativo sino para reducirlos. Siendo alumna, agradecía (y todavía agradezco) los días o semanas de descanso durante el curso. Desde mi punto de vista, no importa cuánto se reduzca el horario lectivo siempre y cuando lo permita el calendario escolar y ello no provoque dificultades para llegar a los objetivos necesarios en cada asignatura. También, siempre y cuando, se asuma desde un primer momento que si los profesores cobran estos días de vacaciones, se imponga, pues, un horario adicional para cualquier alumno que lo requiera.
En cuanto al segundo punto al que se alude, ¿de verdad es culpa de los profesores? ¿no tiene que ver más, acaso, con la falta de unos mecanismos legales o económicos que les obliguen a dedicar esas horas a un perfeccionamiento profesional? Es evidente que los profesores, de todas formas, no deben huir de sus obligaciones, pero tampoco se les debería culpar por huir de algo que no esté dentro de ellas.
Con respecto al tercer inconveniente, en principio me parece lógico que un profesor tenga la idea fija de que su tarea se centre en sus clases. Las atenciones al comedor, las actividades extraescolares... ¿son tarea de un profesor?. Un profesor intenta enseñar a los alumnos una materia determinada, así como un médico trata de poner cura a una enfermedad, pero no se dedica a repartir revistas o cafés en la sala de espera. Ahora bien, si algún profesor no completara la jornada de las horas que se les paga, esto debería cubrirse de alguna manera, pero si cumplen las horas de su contrato, y recordemos que hablamos de profesores (no de ayudantes de comedor ni de psicopedagogos) creo que están en su derecho de sentirse contrariados a realizar este tipo de actividades, independientemente de que sea o no lo que se espere de un profesor vocacional.
El problema parece radicar en que el enfoque de las clases necesita un cambio radical, un enfoque de carácter más participativo por parte de los alumnos, pero, como todo cambio radical, necesita tiempo para llevarse acabo, porque, para ello, primero necesita no ser solo entendido, sino, sobre todo, comprendido por parte del profesorado. Es muy sencillo mantenerse en las líneas tradicionales de impartir las clases de manera teórica, y pensar que si ha funcionado, que son los alumnos quienes deben prestar la atención necesaria y no que los profesores tengan que ser los que protagonicen el cambio, un cambio que, evidentemente, no va a resultar una tarea fácil. Sin embargo, si los profesores comprendieran la necesidad de este cambio y se impusiera una ley que indicara que dicho cambio tiene que darse, el cambio se acabaría produciendo.
En el cuarto punto se sostiene que los profesores mantienen una actitud hostil hacia la participación en actividades como formar parte del Consejo Escolar, o que se mira con desconfianza a las asociaciones de padres. Esta última afirmación requiere echar la vista atrás. Antes, cuando un profesor solicitaba la atención de los padres porque el comportamiento del alumno era inadecuado, los padres trataban de cambiar la conducta de su hijo. Actualmente, en la misma situación, lo que cambia es la actitud de los padres: cuestionan la profesionalidad del profesor y se sitúan en defensa de su hijo. ¿Es entonces irracional la desconfianza por parte de los profesores hacia los padres? ¿Es adecuado centrar toda la culpa en los profesores sin ni siquiera partir de la base de que la verdadera educación o la primera educación que reciben los alumnos viene de casa?.
El autor del texto afirma también que cada profesor se ha hecho dueño y señor de su clase, y que no tiene una actitud receptiva para reunirse y plantearse un cambio en su metodología acorde para todas las asignaturas. Pero, ¿no sería esto una locura? ¿cómo vamos a proponer un mismo sistema metodológico para todas las asignaturas? No podemos enseñar de la misma forma, sin ir más lejos, la literatura española y las matemáticas. ¿Cómo iba a enseñar, por ejemplo, un profesor de matemáticas su asignatura mediante un aprendizaje por descubrimiento? Cada asignatura tiene sus propias ventajas y desventajas para ser enseñada y aprendida, y lo único que debería ser importante es que el profesor se dedique a encontrar la fórmula más efectiva para que los alumnos la aprendan, y no efectiva en el sentido de que les parezca entretenida, porque no somos payasos de circo o monologuistas, (sin menospreciar ningún oficio, por supuesto, me refiero a que la finalidad de la docencia no es hacer reír, sino enseñar) somos profesores, y, en el fondo, que un profesor se intente adaptar al alumno, ¿no le está ofreciendo así un poder que no debería otorgársele?.
Si hacemos las clases divertidas, si pensamos que los alumnos tienen que aprender divirtiéndose o que solo pueden aprender de ese modo, ¿no nos estamos cerrando a intentar enseñarlos solo por ese método?. ¿Todo en la vida es divertido, entonces?. Si precisamente estamos educándolos, parece que de esta forma dejamos atrás la disciplina, el enseñarles a tener que adecuarse a lo que se debe en ocasiones, y, si en algo podemos estar de acuerdo, es que los jóvenes son cada vez más maleducados e insolentes. ¿No los hará más rebeldes, si cabe, hacerlo todo tan lúdico y a su servicio?.
En este artículo la culpa cae, de manera casi absoluta, en los profesores, y me parecería imposible discrepar de ello. La educación comienza en casa, nace con los padres, y eso no parece tenerse en cuenta. No creo que el cambio deba ser tan radical y por parte de los profesores para que estos se adapten a los alumnos, sino al revés: si en casa se educara a los hijos enseñándoles que en el colegio se asiste a clases para aprender, si se les inculcara que el aprendizaje es vital en sus vidas y que hay tiempo para salir y divertirse pero también para estudiar y tomarse en serio los estudios, gran parte del trabajo estaría hecho. Es cierto que los alumnos pasan la mayor parte del tiempo en el instituto, pero la sensación que me produce este artículo es que se le otorga el 100% de la responsabilidad educativa a los profesores, tanto académica como familiar/ética/moral, y, evidentemente, este porcentaje resulta, cuanto menos, lógico o aceptable.
Lo primero que apunta el autor del artículo es que no ha habido modificaciones en el horario educativo sino para reducirlos. Siendo alumna, agradecía (y todavía agradezco) los días o semanas de descanso durante el curso. Desde mi punto de vista, no importa cuánto se reduzca el horario lectivo siempre y cuando lo permita el calendario escolar y ello no provoque dificultades para llegar a los objetivos necesarios en cada asignatura. También, siempre y cuando, se asuma desde un primer momento que si los profesores cobran estos días de vacaciones, se imponga, pues, un horario adicional para cualquier alumno que lo requiera.
En cuanto al segundo punto al que se alude, ¿de verdad es culpa de los profesores? ¿no tiene que ver más, acaso, con la falta de unos mecanismos legales o económicos que les obliguen a dedicar esas horas a un perfeccionamiento profesional? Es evidente que los profesores, de todas formas, no deben huir de sus obligaciones, pero tampoco se les debería culpar por huir de algo que no esté dentro de ellas.
Con respecto al tercer inconveniente, en principio me parece lógico que un profesor tenga la idea fija de que su tarea se centre en sus clases. Las atenciones al comedor, las actividades extraescolares... ¿son tarea de un profesor?. Un profesor intenta enseñar a los alumnos una materia determinada, así como un médico trata de poner cura a una enfermedad, pero no se dedica a repartir revistas o cafés en la sala de espera. Ahora bien, si algún profesor no completara la jornada de las horas que se les paga, esto debería cubrirse de alguna manera, pero si cumplen las horas de su contrato, y recordemos que hablamos de profesores (no de ayudantes de comedor ni de psicopedagogos) creo que están en su derecho de sentirse contrariados a realizar este tipo de actividades, independientemente de que sea o no lo que se espere de un profesor vocacional.
El problema parece radicar en que el enfoque de las clases necesita un cambio radical, un enfoque de carácter más participativo por parte de los alumnos, pero, como todo cambio radical, necesita tiempo para llevarse acabo, porque, para ello, primero necesita no ser solo entendido, sino, sobre todo, comprendido por parte del profesorado. Es muy sencillo mantenerse en las líneas tradicionales de impartir las clases de manera teórica, y pensar que si ha funcionado, que son los alumnos quienes deben prestar la atención necesaria y no que los profesores tengan que ser los que protagonicen el cambio, un cambio que, evidentemente, no va a resultar una tarea fácil. Sin embargo, si los profesores comprendieran la necesidad de este cambio y se impusiera una ley que indicara que dicho cambio tiene que darse, el cambio se acabaría produciendo.
En el cuarto punto se sostiene que los profesores mantienen una actitud hostil hacia la participación en actividades como formar parte del Consejo Escolar, o que se mira con desconfianza a las asociaciones de padres. Esta última afirmación requiere echar la vista atrás. Antes, cuando un profesor solicitaba la atención de los padres porque el comportamiento del alumno era inadecuado, los padres trataban de cambiar la conducta de su hijo. Actualmente, en la misma situación, lo que cambia es la actitud de los padres: cuestionan la profesionalidad del profesor y se sitúan en defensa de su hijo. ¿Es entonces irracional la desconfianza por parte de los profesores hacia los padres? ¿Es adecuado centrar toda la culpa en los profesores sin ni siquiera partir de la base de que la verdadera educación o la primera educación que reciben los alumnos viene de casa?.
El autor del texto afirma también que cada profesor se ha hecho dueño y señor de su clase, y que no tiene una actitud receptiva para reunirse y plantearse un cambio en su metodología acorde para todas las asignaturas. Pero, ¿no sería esto una locura? ¿cómo vamos a proponer un mismo sistema metodológico para todas las asignaturas? No podemos enseñar de la misma forma, sin ir más lejos, la literatura española y las matemáticas. ¿Cómo iba a enseñar, por ejemplo, un profesor de matemáticas su asignatura mediante un aprendizaje por descubrimiento? Cada asignatura tiene sus propias ventajas y desventajas para ser enseñada y aprendida, y lo único que debería ser importante es que el profesor se dedique a encontrar la fórmula más efectiva para que los alumnos la aprendan, y no efectiva en el sentido de que les parezca entretenida, porque no somos payasos de circo o monologuistas, (sin menospreciar ningún oficio, por supuesto, me refiero a que la finalidad de la docencia no es hacer reír, sino enseñar) somos profesores, y, en el fondo, que un profesor se intente adaptar al alumno, ¿no le está ofreciendo así un poder que no debería otorgársele?.
Si hacemos las clases divertidas, si pensamos que los alumnos tienen que aprender divirtiéndose o que solo pueden aprender de ese modo, ¿no nos estamos cerrando a intentar enseñarlos solo por ese método?. ¿Todo en la vida es divertido, entonces?. Si precisamente estamos educándolos, parece que de esta forma dejamos atrás la disciplina, el enseñarles a tener que adecuarse a lo que se debe en ocasiones, y, si en algo podemos estar de acuerdo, es que los jóvenes son cada vez más maleducados e insolentes. ¿No los hará más rebeldes, si cabe, hacerlo todo tan lúdico y a su servicio?.
En este artículo la culpa cae, de manera casi absoluta, en los profesores, y me parecería imposible discrepar de ello. La educación comienza en casa, nace con los padres, y eso no parece tenerse en cuenta. No creo que el cambio deba ser tan radical y por parte de los profesores para que estos se adapten a los alumnos, sino al revés: si en casa se educara a los hijos enseñándoles que en el colegio se asiste a clases para aprender, si se les inculcara que el aprendizaje es vital en sus vidas y que hay tiempo para salir y divertirse pero también para estudiar y tomarse en serio los estudios, gran parte del trabajo estaría hecho. Es cierto que los alumnos pasan la mayor parte del tiempo en el instituto, pero la sensación que me produce este artículo es que se le otorga el 100% de la responsabilidad educativa a los profesores, tanto académica como familiar/ética/moral, y, evidentemente, este porcentaje resulta, cuanto menos, lógico o aceptable.
Sin
embargo, es evidente que se necesitan cambios en la docencia, y es
ahí donde nosotros entramos en juego: es preciso dar con esa fórmula
para que los alumnos aprendan de nuestra asignatura de la manera más
efectiva posible.
Es cierto que un buen profesor debe ser competente en su trabajo, pero este trabajo a veces se traduce a tener una carga de trabajo, que quizás no le corresponde como educar a los alumnos como si de sus hijos se tratara o hacer de psicopedagogo, además de inculcar valores.
ResponderEliminarLa profesión de docente es vocacional y gratifiacante, pero la suma de críticas que el profesor recibe a diario, hacen que empiece a dudar de su profesionalidad y acabe odiando su trabajo.