viernes, 6 de noviembre de 2015

Reflexión sobre el artículo de Mariano Fernández Enguita: ¿Es pública la escuela pública?

Fernández Enguita en este artículo hace un profundo análisis de si la escuela pública es realmente pública o no, analiza sus problemas, deficiencias e incluso carga de responsabilidad a ciertos sectores educativos. En primer lugar, aclara que habla sobre la escuela pública, la estatal, la que además de sostenerse con fondos públicos, su personal y funcionamiento dependen del Estado. El autor diferencia dos ámbitos a los cuales debe dirigirse la escuela pública para serlo de hecho, el ámbito del interés público (es decir, que contribuya al interés de toda la sociedad) y el ámbito del interés del público (refiriéndose al interés de todos los alumnos y sus familias).
Bajo mi óptica debo exponer que a la escuela pública no le dejan ser pública, son muchos los intereses que existen detrás del control y manipulación de la escuela. Por un lado, aunque no es el tema en el cual se centra el autor en su artículo, los diferentes gobiernos con su afán de responder a sus propios intereses partidistas manipulan la escuela pública con el fin de verse beneficiados por lo que allí se imparta. El control de la educación por parte del Estado debe ser bueno si se actúa como garante de la impartición de una educación adecuada, no excluyente e integradora. Sin embargo, cuando se actúa por parte del Estado como opresor de lo que se debe o no impartir y en qué términos, se incurre en una manipulación de la escuela pública que deja de serlo en ese mismo instante.
En cambio, aunque este es un factor importante para hacer que la escuela sea auténticamente pública, existen otros muchos que también contribuyen a ello y los cuales el autor trata más detenidamente. La subordinación de la escuela a intereses privados de los profesionales del sector, los profesores, hacen que la escuela pública deje de serlo también, puesto que ya no se encamina a beneficiar a toda la sociedad, sino más bien a unos pocos. Se expone en el artículo un seguido de puntos que enumeran los beneficios que los profesores han ido apropiándose sin que la administración con sus mecanismos (a la vista, fallidos) de control o la propia cultura profesional puedan evitarlo.
En los diferentes temas a tratar sobre los intereses del profesorado debemos destacar la ausencia de reforma del calendario y horario escolar, apostando por una jornada continua e incluyendo algunas fiestas y días de descanso que no benefician al alumnado. Por otra parte, el profesorado tiene una jornada laboral de las cuales algunas horas son para preparación de clases y formación propia, cosas que no llegan a controlarse y en muchos casos no se cumplen. La constante oposición del profesorado por la inclusión de tareas a realizar por el mismo con el fin de mejorar el funcionamiento de los centros. La hostilidad que se transmite a la hora de la toma de decisiones conjuntas, de forma democrática dentro de los centros, haciendo partícipes a padres, alumnos y profesores. La desautorización de la dirección del centro en favor del claustro de profesorados, que en última instancia son los que deciden. Además, las constantes presiones del profesorado sobre sus propios compañeros con el fin de evitar innovar en la actividad educativa. Todos estos problemas son los que hacen que el profesorado se haga el dueño y señor de la educación que deja de ser pública.
Ahora viene mi llamada de atención, no tanto para los que ya están allí, sino para los que estamos por llegar. El autor alude a tres elementos que hace responsable de estas actitudes: la feminización (que hace que la mujer se dedique al trabajo doméstico y extradoméstico), la desvocacionalización de la profesión y la irresponsabilidad de los sindicatos. No obstante estos tres factores a los que se alude en el texto mi pregunta va más allá: ¿seremos capaces los nuevos profesores de evitar la tentación de obtener todos esos privilegios conseguidos y devolverlos en favor de una educación meramente pública?
No se trata de renunciar a los derechos laborales y sociales que con mucho sacrificio han logrado generaciones anteriores, se trata de devolver lo que no es nuestro. Hoy, muchos de los que escribimos esta reflexión llegaremos a ser profesores, pero mi duda sigue estando presente, no sé si sabremos hacer frente al claustro informal (pasillos y sala de profesores) al que alude el autor, tal vez no seamos capaces de llevar a cabo actividades de innovación en el ámbito educativo y así enfrentarnos al resto de profesorado acomodado en sus tareas de su aula y su clase. Tal vez, no veamos la necesidad de eliminar algunos de esos días festivos que no nos corresponden y sigamos complicando la existencia a muchas familias y no ayudando en nada a muchos alumnos. Es posible que nos quedemos con los brazos cruzados y no aludamos a la responsabilidad sindical ya que nosotros también nos beneficiamos de ellos. Probablemente, nuestras exigencias por una escuela pública y gratuita que pretende alcanzar metas como la gratuidad de los libros de texto, la mejora de la calidad educativa con aulas más reducidas, la buena formación del profesorado o la democratización dentro del proceso de control de los centros, queden en una mera utopía que en otra etapa de la vida creíamos como posible o en pura hipocresía, manifestándonos por lo que en realidad no queremos y no nos corresponde.

Es por esto que insto finalmente, a los profesionales de la educación que dentro de muy poco seremos, a defender la escuela pública. Que comencemos asumiendo nuestra responsabilidad para, posteriormente, tener autoridad moral para criticar y demandar lo que desde otras esferas se realiza en contra de la escuela pública. No nos cansemos nunca de entender y defender la docencia como una profesión totalmente vocacional y de servicio público. 

2 comentarios:

  1. Sobre la reflexión realizada por Jose Antonio Gru, al artículo de Mariano Fernández Enguita. Comparto las ideas que propone sobre si es la escuela pública realmente pública. Bajo mi punto de vista es pública porque todo su organismo lo es, pero su forma de actuación no es exactamente pública. Está influenciada bajo los poderes políticos y en ocasiones propios de los organismes estatales y del profesorado.
    También el hecho que nosotros seamos los futuros docente nos otorga un papel important sobre el futuro de la educaicón pública. Ya que estarà en nuestras manos la posibilidad de cambiar ciertos aspectos, mejorarla , y modificar aquellos apartados dónde la escula no se le permita ser realmente pública.
    Por último comentar comentar que para ello ha de ser necesario una fuerte vocación por parte del futuro profesorado a cambiar el sistema.

    Javier Aranda

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  2. Como bien dices compañero, pienso que el Estado debe de actuar de forma que garantice que en la escuela pública, la de todos, que la enseñanza se impartirá de forma responsable e integradora. Y ahí es donde radica el problema que supone el que el partido que esté en el gobierno en ese momento decida qué es bueno y qué no lo es a su juicio.
    Respondiendo a la pregunta que lanzas, creo que debemos garantizar que los derechos conseguidos por nuestros compañeros en atapas anteriores se mantengan. Ahora bien, una cosa son los derechos del profesorado y otra sangrar el sistema de la escuela pública que en principio no protege. Y otra idea que me surge es que si conseguimos lograr nuestro objetivo de ser profesores y llegamos a un instituto por primera vez y nos percatamos de que algo no funciona desde hace muchos años en ese centro como nos han enseñado que debe ser ¿Tendremos la valentía de actuar y poner o proponer remedios contra ello?

    Adrian Tejero

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