¿Es pública la escuela pública? Quizá no tanto como promete su
nombre, especialmente en el sentido en el que debería. Porque, tal y como
plantea Fernández Enguita, naturalmente, es pública en tanto que
pertenece al Estado o en tanto que se sostiene económicamente con sus fondos.
Sin embargo, no parece tan pública si entendemos que en ella deben
imperar ante todo el interés público o el compromiso de ofrecer un servicio
auténtico y de calidad a sus usuarios.
La pregunta es muy
interesante, realmente me parece ingeniosa y brillante, pero en mi opinión acaba
resultando, por desgracia, lo más acertado de su artículo. Aunque soy la
primera en considerar que hay que cuidar con exhaustividad y hasta el más
mínimo detalle la labor docente y que el profesor debe evaluar constantemente
sus métodos para asegurarse de que están funcionando, creo que la problemática
que rodea la educación en España no responde ni principalmente ni en exclusiva
a la figura del docente. Lo cierto es que el profesor, para ser, en palabras de
Fernández Enguita, un «irresponsable» que «no responde sino ante sí mismo», es siempre el primero al que se
le achacan todos los males que padezca el sistema educativo, independientemente
de que esos males entren dentro de sus competencias o no. Por ejemplo, creo que
está más allá de su responsabilidad el hecho de que la formación que ha
recibido el propio docente sea deficiente o que el acceso a magisterio sea
demasiado fácil y acabe convirtiéndose en un cajón de sastre al que van a parar
todos los alumnos de menor vocación y rendimiento.
Fernández
Enguita también parece atribuir a una supuesta «desgana» del docente la
reducción del calendario o del horario académico. Yo no coincido en que más
horas de estudio se traduzcan en más horas de aprendizaje; no por pereza, sino
porque realmente creo que hay un momento en el que la cantidad de horas
dedicadas al estudio sólo puede ser contraproducente: se satura la capacidad de
asimilación del alumno, se le acostumbra a trabajar en una actitud pasiva, sin
ganas ni atención, y se genera aversión hacia las labores intelectuales. Creo
que ya es hora de preguntarse por qué en España los resultados son tan
deficientes, si supuestamente se dedican al estudio tantas horas, tanto en la
escuela como en casa.
Cuando
se dice que la escuela pública no es pública, podría haberse tratado, por
ejemplo, la precariedad de las ayudas estatales que deben asegurar la igualdad
de los alumnos o el afán que hay de renovar los libros de texto cada año sin
subsanar realmente sus errores. Es muy triste que pese a todas las
publicaciones que salen cada año, en toda mi formación no haya conocido un solo
libro de lengua que tuviera en cuenta todas las recomendaciones de la RAE,
como, por poner un ejemplo sencillo, el uso de las comillas españolas (« »). En
vista de los resultados, cualquiera podría pensar que no se renuevan para pulir
sus contenidos, sino para mero lucro de las editoriales.
Sí
estoy de acuerdo en que la «mediocridad» se ha extendido, pero no sólo en el
cuerpo de profesorado. La sociedad en sí, más entretenida en las apariencias y
el hedonismo que en cualquier otra cosa, no ayuda precisamente a promover los
valores morales o las actividades intelectuales de ningún tipo. Incluso las
mejoras que se proponen en la enseñanza parecen destinadas a «aliviar» una
tarea demasiado desagradable o fatigosa. Así, se pretende fomentar la
motivación del alumnado, incluir actividades lúdicas, focalizarse en la parte
práctica y pragmática… No pienso que estas propuestas sean negativas, ni mucho
menos, pero quizá habría que plantearse por qué las hacemos. Después de todo, quizá
corramos el riesgo, aun entre juegos y prácticas, de cometer errores de siempre
como subestimar la inteligencia de los alumnos, impedir que pongan en práctica
su propio juicio crítico, no entender ni siquiera nosotros mismos por qué les
tenemos que enseñar o tratarlos en masa y no como individuos únicos. En
definitiva, quizá corramos el riesgo, como sucede con la escuela pública, de
olvidarnos del objetivo principal: ellos.
Estoy bastante de acuerdo con tu planteamiento, aunque es evidente que te has sentido atacada por parte del artículo, en la cual se critica la figura del profesor, has de ser consciente que el propio autor remarca que esta crítica no se refiere a todos, pero si, a una gran mayoria, y siendo realistas, no se en tu época pero en la mia, si que todo esto era cierto. Tambien he de reconocer que no conozco la situación actual en los centros, y espero que al llegar el momento de las prácticas no choquemos con que la realidad se corresponde con lo dicho por el autor, crucemos lo dedos.
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