Mariano Fernández Enguita, profesor de la
Universidad de Salamanca, publicó en 1999 el artículo sobre sí la escuela
pública es realmente pública, el cual suscitó muchas controversias entre el
profesorado que se ve cada vez más desprestigiado social y profesionalmente.
¿Es la escuela estatal pública? ¿Está subordinada a
los intereses de la sociedad y de los alumnos que asisten a ella? O por el
contrario, ¿responden a los intereses del profesorado u otros sectores? ¿Basta
la ley y la titularidad de la propiedad en manos estatales para considerar la
escuela pública como tal? Estas son las diferentes cuestiones a las que se
enfrenta el autor y cuya crítica o apremio a dado mucho de sí.
Al leer el texto, muchas de las consideraciones que
trata en el artículo han provocado en mí ampliar mi visión del tema e
interpretar algunos de los cambios que ha sufrido la educación como posibles
causas del fracaso escolar generalizado. En primer lugar, es posible que el
fracaso escolar se deba a una jornada continua que favorece a la jornada
laboral del profesorado pero va en detrimento del alumnado. ¿Por qué? Yo que
sufrí en mis años de instituto el cambio a jornada continua e iniciaba las
clases a las ocho de la mañana para acabar a las tres de la tarde, hacía que
tras siete horas (con sus correspondientes recreos) de clase, se hacía pesado e
insoportable intentar introducir datos y conocimientos como si fuésemos
recipientes enlatados a presión. A priori, puede parecer sensato porque con una
jornada continua implica tener las tardes libres para realizar otras
actividades productivas para nuestro crecimiento intelectual, lo cual parece sensato,
pero desde la óptica que viví, resulta un paso atrás con respecto a sistemas
anteriores. No podemos olvidarnos que con cada clase magistral impartida por la
mañana, conllevaba tener mogollón de ejercicios de diferentes asignaturas para
el día siguiente. A posteriori, las tardes se resumían en enclaustrarse en casa
para hacer los deberes de la mañana, perdón, de una estresante mañana,
olvidándonos de practicar otras actividades extraescolares como el deporte,
pintura, talleres de tu hobby
favorito… imposibles de hacer.
Desde la óptica del profesorado, la visión es más
exquisita ya que al cambiar a la jornada continua, ellos tendrían un trabajo de
media jornada laboral de mañana con las tardes libres remuneradas. Bien es
cierto que el objetivo de una jornada laboral continua se realizó para que los
profesores pudieran disponer de las tardes para preparar sus clases,
actividades,… para el día siguiente. También es cierto que esto muchos
profesores no lo hacen, limitándose a realizar un currículo docente apoyado
exclusivamente en el libro e improvisando clases. Sí a todo este compendio le
sumamos que, para estar dentro de la ley y de los parámetros que marca, inician
las clases a finales de septiembre y acaban el curso a principios de junio,
reducen el horario escolar, el cual debería de ser de nueve meses, a poco más
de ocho meses; y que durante el periodo no lectivo, el cual se supone, no
vacacional (remunerado) para el profesorado que debe preparar el currículo para
el siguiente año lectivo, convierte la profesión de profesor un chollo al que
todo el mundo sin vocación quiere optar. Luego no sorprende que el fracaso
escolar vaya en aumento.
Esta no es la única cuestión que me ha sorprendido
del artículo. Me ha hecho reflexionar sobre elegir educación pública o
educación privada. Está claro que la educación privada no está subordinada a
los intereses de la sociedad, su motor es puramente el económico y donde las
familias con mayor poder adquisitivo buscan horarios que estén menos
concentrados (9:00-13:00, horario de comedor 13:00-15:00, y 15:00-17:00) y que
ofrecen actividades diversas tras acabar las clases, que favorece con el
horario laboral de los padres. Supone mantener al alumnado el mayor tiempo
posible en la escuela pero sin un horario asfixiante para que los padres puedan
compatibilizar con el trabajo.
Además, la escuela pública presenta otro problema
con el profesorado y se hace patente cuando se intenta exceder la
responsabilidad del profesor en algo más que no sea su clase o su aula. Esto es
complicado. El control o la atención del alumnado fuera del aula, ya sea en
tutorías, comedores, actividades extraescolares… entra en conflicto con el
profesorado que no ve justo ampliar el trato con el alumnado, a parte, de las
horas impartidas en clase, ya que se suprime tiempo de la atención que deberían
ofrecerles los padres. Lo cierto, es que no debemos olvidarnos de que el
profesor tiene un horario laboral de 37,5 horas a la semana, que no invierte
más de 25 horas para impartir sus clases en el aula, y que dispone de 12,5
horas remuneradas para invertir en lo que el alumnado precise o disponga el
director del centro. Por ello, al profesor se le ve como un empleado
potencialmente a tiempo parcial, pero remunerado a tiempo completo.
Falta control sobre el profesorado. Sí hubiese
conciencia profesional y unos mecanismos de control internos y externos, podría
funcionar. La realidad es bien diferente. Esto no funciona. El director se ve
coaccionado asumiendo el papel de simple administrador del centro, pero sin
entrar en conflicto con sus colegas de trabajo convirtiéndose en un escenario
sin incentivos mientras campan a su antojo, mientras lo que se debería
propiciar es que entre todos los departamentos se establecieran unos objetivos
compartidos, un compromiso moral y un alto nivel profesional. Aún así, esto no
sucede pues parece que tener la plaza es el trono del que ya no le pueden
echar, perdiendo la necesidad de superarse continuamente ya que no tiene el
riesgo de perder su trabajo. A modo de comparativa, actualmente trabajo en una
empresa de servicios y mi actitud laboral es de continua formación, mejorar las
ventas, cumplir unos objetivos, hacer mejor mi trabajo… hacerme notar para que
la jefa de sector me incentive con un nuevo contrato o aumento de sueldo. La
diferencia entre ambos (el profesor y yo) es que yo tengo el riego de perder mi
trabajo sino mi actitud laboral no fuese la correcta.
Como reflexión final, se está planteando
retribuir al profesorado dependiendo de los objetivos. De inicio, ya veo
problemas. ¿Aprobado generalizado? ¿Falseo de notas y objetivos curriculares?
¿Quién determina que los objetivos impuestos han sido conseguidos? Es posible
que con esta medida, el fracaso escolar descienda pero que dicha medida se
lleve a la práctica necesitará un control interno y externo mucho más exigente
del que se lleva hasta ahora.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarEstoy totalmente de acuerdo contigo en muchos aspectos que comentas en tu opinión. Yo también creo que los profesores deberían seguir formándose de forma continuada durante toda su vida académica con independencia de que hayan obtenido una plaza fija con la oposición. También considero que los directores de todos los centros deberían motivar a los profesores a que tengan esa formación constante ya que todo profesor puede mejorar en cualquier aspecto de la docencia, como por ejemplo su forma de transmitir los conocimientos, motivar al alumnado, cualidades de liderazgo…
ResponderEliminarDe esta manera, con esa formación continuada se podría conseguir una educación de calidad para todo el alumnado.