Fernández
Enguita en este artículo hace un profundo análisis de si la escuela pública es
realmente pública o no, analiza sus problemas, deficiencias e incluso carga de
responsabilidad a ciertos sectores educativos. En primer lugar, aclara que
habla sobre la escuela pública, la estatal, la que además de sostenerse con
fondos públicos, su personal y funcionamiento dependen del Estado. El autor
diferencia dos ámbitos a los cuales debe dirigirse la escuela pública para
serlo de hecho, el ámbito del interés público (es decir, que contribuya al
interés de toda la sociedad) y el ámbito del interés del público (refiriéndose
al interés de todos los alumnos y sus familias).
Bajo mi
óptica debo exponer que a la escuela pública no le dejan ser pública, son
muchos los intereses que existen detrás del control y manipulación de la
escuela. Por un lado, aunque no es el tema en el cual se centra el autor en su
artículo, los diferentes gobiernos con su afán de responder a sus propios
intereses partidistas manipulan la escuela pública con el fin de verse
beneficiados por lo que allí se imparta. El control de la educación por parte
del Estado debe ser bueno si se actúa como garante de la impartición de una
educación adecuada, no excluyente e integradora. Sin embargo, cuando se actúa
por parte del Estado como opresor de lo que se debe o no impartir y en qué
términos, se incurre en una manipulación de la escuela pública que deja de
serlo en ese mismo instante.
En cambio,
aunque este es un factor importante para hacer que la escuela sea auténticamente
pública, existen otros muchos que también contribuyen a ello y los cuales el
autor trata más detenidamente. La subordinación de la escuela a intereses
privados de los profesionales del sector, los profesores, hacen que la escuela
pública deje de serlo también, puesto que ya no se encamina a beneficiar a toda
la sociedad, sino más bien a unos pocos. Se expone en el artículo un seguido de
puntos que enumeran los beneficios que los profesores han ido apropiándose sin
que la administración con sus mecanismos (a la vista, fallidos) de control o la
propia cultura profesional puedan evitarlo.
En los
diferentes temas a tratar sobre los intereses del profesorado debemos destacar
la ausencia de reforma del calendario y horario escolar, apostando por una
jornada continua e incluyendo algunas fiestas y días de descanso que no
benefician al alumnado. Por otra parte, el profesorado tiene una jornada
laboral de las cuales algunas horas son para preparación de clases y formación
propia, cosas que no llegan a controlarse y en muchos casos no se cumplen. La
constante oposición del profesorado por la inclusión de tareas a realizar por
el mismo con el fin de mejorar el funcionamiento de los centros. La hostilidad
que se transmite a la hora de la toma de decisiones conjuntas, de forma
democrática dentro de los centros, haciendo partícipes a padres, alumnos y
profesores. La desautorización de la dirección del centro en favor del claustro
de profesorados, que en última instancia son los que deciden. Además, las
constantes presiones del profesorado sobre sus propios compañeros con el fin de
evitar innovar en la actividad educativa. Todos estos problemas son los que
hacen que el profesorado se haga el dueño
y señor de la educación que deja de ser pública.
Ahora viene
mi llamada de atención, no tanto para los que ya están allí, sino para los que
estamos por llegar. El autor alude a tres elementos que hace responsable de
estas actitudes: la feminización (que hace que la mujer se dedique al trabajo
doméstico y extradoméstico), la desvocacionalización de la profesión y la
irresponsabilidad de los sindicatos. No obstante estos tres factores a los que
se alude en el texto mi pregunta va más allá: ¿seremos capaces los nuevos
profesores de evitar la tentación de obtener todos esos privilegios conseguidos
y devolverlos en favor de una educación meramente pública?
No se trata
de renunciar a los derechos laborales y sociales que con mucho sacrificio han
logrado generaciones anteriores, se trata de devolver lo que no es nuestro.
Hoy, muchos de los que escribimos esta reflexión llegaremos a ser profesores,
pero mi duda sigue estando presente, no sé si sabremos hacer frente al claustro
informal (pasillos y sala de
profesores) al que alude el autor, tal vez no seamos capaces de llevar a cabo
actividades de innovación en el ámbito educativo y así enfrentarnos al resto de
profesorado acomodado en sus tareas de su aula y su clase. Tal vez, no veamos
la necesidad de eliminar algunos de esos días festivos que no nos corresponden
y sigamos complicando la existencia a muchas familias y no ayudando en nada a
muchos alumnos. Es posible que nos quedemos con los brazos cruzados y no
aludamos a la responsabilidad sindical ya que nosotros también nos beneficiamos
de ellos. Probablemente, nuestras exigencias por una escuela pública y gratuita
que pretende alcanzar metas como la gratuidad de los libros de texto, la mejora
de la calidad educativa con aulas más reducidas, la buena formación del
profesorado o la democratización dentro del proceso de control de los centros,
queden en una mera utopía que en otra etapa de la vida creíamos como posible o
en pura hipocresía, manifestándonos por lo que en realidad no queremos y no nos
corresponde.
Es por esto
que insto finalmente, a los profesionales de la educación que dentro de muy
poco seremos, a defender la escuela pública. Que comencemos asumiendo nuestra
responsabilidad para, posteriormente, tener autoridad moral para criticar y
demandar lo que desde otras esferas se realiza en contra de la escuela pública.
No nos cansemos nunca de entender y defender la docencia como una profesión
totalmente vocacional y de servicio público.
Sobre la reflexión realizada por Jose Antonio Gru, al artículo de Mariano Fernández Enguita. Comparto las ideas que propone sobre si es la escuela pública realmente pública. Bajo mi punto de vista es pública porque todo su organismo lo es, pero su forma de actuación no es exactamente pública. Está influenciada bajo los poderes políticos y en ocasiones propios de los organismes estatales y del profesorado.
ResponderEliminarTambién el hecho que nosotros seamos los futuros docente nos otorga un papel important sobre el futuro de la educaicón pública. Ya que estarà en nuestras manos la posibilidad de cambiar ciertos aspectos, mejorarla , y modificar aquellos apartados dónde la escula no se le permita ser realmente pública.
Por último comentar comentar que para ello ha de ser necesario una fuerte vocación por parte del futuro profesorado a cambiar el sistema.
Javier Aranda
Como bien dices compañero, pienso que el Estado debe de actuar de forma que garantice que en la escuela pública, la de todos, que la enseñanza se impartirá de forma responsable e integradora. Y ahí es donde radica el problema que supone el que el partido que esté en el gobierno en ese momento decida qué es bueno y qué no lo es a su juicio.
ResponderEliminarRespondiendo a la pregunta que lanzas, creo que debemos garantizar que los derechos conseguidos por nuestros compañeros en atapas anteriores se mantengan. Ahora bien, una cosa son los derechos del profesorado y otra sangrar el sistema de la escuela pública que en principio no protege. Y otra idea que me surge es que si conseguimos lograr nuestro objetivo de ser profesores y llegamos a un instituto por primera vez y nos percatamos de que algo no funciona desde hace muchos años en ese centro como nos han enseñado que debe ser ¿Tendremos la valentía de actuar y poner o proponer remedios contra ello?
Adrian Tejero