Creer en la escuela
pública es creer en algo más que en una mera titularidad estatal, en algo más
que en una expresión tan común y manoseada como desconocida y poco entendida en
su verdadero alcance. Si interrogáramos en los pasillos de la universidad a todos
los futuros docentes sobre si conocen la expresión «escuela pública», las respuestas serían, seguramente, más que
afirmativas. Pero si les pidiéramos que estrujasen la expresión para extraer
aquello que entienden bajo ese concepto, las respuestas quizás no serían ni tan
concluyentes ni tan alentadoras. Y ello tal vez se deba a la vulnerabilidad
semántica de la expresión, convertida casi
en una locución plagada de tópicos, medias
verdades y omisiones malintencionadas.
De esto, en buena medida, nos previene el
artículo «¿Es pública la escuela pública?» de Mariano Fernández Enguita,
trasladando la cuestión, y con ello las deficiencias de la escuela pública, no
solo al archirrepetido debate en torno a la utilización más utilitaria que de
valores de los centros de enseñanza que caen en el dominio del Estado, sino
también desplazando el foco de atención a la responsabilidad de los profesores
en la merma de la calidad educativa y del carácter público de la escuela. Y es
que no podemos eludir el alto grado de participación del profesorado en la
construcción, o deconstrucción, de eso que llamamos «escuela pública».
En un sistema educativo
como el español, aquejado endémicamente de desatenciones, de asfixias
burocráticas y de vertiginosos cambios legislativos de marcada tendencia
partidista, nos hemos acostumbrado a convivir —no a aceptar— con la
indiferencia que el Estado y la sociedad muestran respecto a lo que se hace en
las entrañas de los centros públicos. Ahora bien,
esa indiferencia
resulta intolerable cuando la adoptan los docentes de la escuela pública, verdaderos
garantes del calificativo que aquí discutimos para la escuela. Si ya los golpes
que vienen del exterior son dañinos, lo son aún más los que proceden del seno
de la institución. Y uno de los más devastadores, en mi opinión, es la apatía y
el estatismo de los profesores, de aquellos que dan sentido a la enseñanza
pública, de aquellos, en fin, que tienen entre sus manos, nada más y nada
menos, que la tarea de impulsar y proteger la excelencia pública de ese
servicio. La abulia, el conformismo o la falta de entusiasmo que afectan a un
sinnúmero de profesores son los encargados de echar abajo, definitivamente, los
mermados cimientos de la escuela pública. Las malas prácticas pedagógicas
internas deterioran de forma decisiva el modelo ideal de la escuela pública
como un espacio donde debieran converger la calidad docente, el pensamiento
crítico y las actitudes democráticas. Las consecuencias de esa falta de un
espíritu combativo que encuentre la motivación en las dificultades, en la
esperanza de hacer cambiar las tendencias, confluyen en una desgaste manifiesto
de la naturaleza pública de la escuela. Son los profesores quienes han de
salvaguardar y reivindicar la escuela pública con su compromiso. Ellos son el
último —y el más determinante— escalón del sistema de educación. A fin de
cuentas, la escuela pública no es pública solo porque su sostenimiento dependa económica y legislativamente del
Estado: los protagonistas, los defensores y los que conforman la identidad de la
enseñanza pública somos nosotros, los profesores.
Opino que mi compañero Alberto ha sabido ahondar perfectamente en los problemas acontecidos en el sistema educativo vigente. Yo, al igual que él, también pienso que el profesorado es un pilar fundamental en la edificación del sistema educativo y que, además, su contribución, ya sea de modo negativo o positivo, será un fiel reflejo del panorama educativo asentado. Personalmente, creo que las futuras generaciones docentes tenemos una gran responsabilidad, ya que somos nosotros los que debemos luchar contra la falta de estusiasmo o el conformismo, puesto que nosotros, en más de una ocasión, hemos sufrido en nuestra propia piel ese tipo de actitud en nuestro profesorado. Por eso, ante todo, como futuros docentes, lo primero que hemos de tener claro es lo que no queremos ser y lo que no queremos transmitir a nuestros alumnos. La empatía desde nuestra experiencia como alumnado será clave para elaborar un mundo educativo mejor o, por lo menos, más amable.
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