sábado, 31 de octubre de 2015

¿Es la escuela pública, pública?

Creer en la escuela pública es creer en algo más que en una mera titularidad estatal, en algo más que en una expresión tan común y manoseada como desconocida y poco entendida en su verdadero alcance. Si interrogáramos en los pasillos de la universidad a todos los futuros docentes sobre si conocen la expresión «escuela pública», las respuestas serían, seguramente, más que afirmativas. Pero si les pidiéramos que estrujasen la expresión para extraer aquello que entienden bajo ese concepto, las respuestas quizás no serían ni tan concluyentes ni tan alentadoras. Y ello tal vez se deba a la vulnerabilidad semántica de la expresión, convertida casi en una locución plagada de tópicos, medias verdades y omisiones malintencionadas. De esto, en buena medida, nos previene el artículo «¿Es pública la escuela pública?» de Mariano Fernández Enguita, trasladando la cuestión, y con ello las deficiencias de la escuela pública, no solo al archirrepetido debate en torno a la utilización más utilitaria que de valores de los centros de enseñanza que caen en el dominio del Estado, sino también desplazando el foco de atención a la responsabilidad de los profesores en la merma de la calidad educativa y del carácter público de la escuela. Y es que no podemos eludir el alto grado de participación del profesorado en la construcción, o deconstrucción, de eso que llamamos «escuela pública».

En un sistema educativo como el español, aquejado endémicamente de desatenciones, de asfixias burocráticas y de vertiginosos cambios legislativos de marcada tendencia partidista, nos hemos acostumbrado a convivir —no a aceptar— con la indiferencia que el Estado y la sociedad muestran respecto a lo que se hace en las entrañas de los centros públicos. Ahora bien, esa indiferencia resulta intolerable cuando la adoptan los docentes de la escuela pública, verdaderos garantes del calificativo que aquí discutimos para la escuela. Si ya los golpes que vienen del exterior son dañinos, lo son aún más los que proceden del seno de la institución. Y uno de los más devastadores, en mi opinión, es la apatía y el estatismo de los profesores, de aquellos que dan sentido a la enseñanza pública, de aquellos, en fin, que tienen entre sus manos, nada más y nada menos, que la tarea de impulsar y proteger la excelencia pública de ese servicio. La abulia, el conformismo o la falta de entusiasmo que afectan a un sinnúmero de profesores son los encargados de echar abajo, definitivamente, los mermados cimientos de la escuela pública. Las malas prácticas pedagógicas internas deterioran de forma decisiva el modelo ideal de la escuela pública como un espacio donde debieran converger la calidad docente, el pensamiento crítico y las actitudes democráticas. Las consecuencias de esa falta de un espíritu combativo que encuentre la motivación en las dificultades, en la esperanza de hacer cambiar las tendencias, confluyen en una desgaste manifiesto de la naturaleza pública de la escuela. Son los profesores quienes han de salvaguardar y reivindicar la escuela pública con su compromiso. Ellos son el último —y el más determinante— escalón del sistema de educación. A fin de cuentas, la escuela pública no es pública solo porque su sostenimiento dependa económica y legislativamente del Estado: los protagonistas, los defensores y los que conforman la identidad de la enseñanza pública somos nosotros, los profesores.

1 comentario:

  1. Opino que mi compañero Alberto ha sabido ahondar perfectamente en los problemas acontecidos en el sistema educativo vigente. Yo, al igual que él, también pienso que el profesorado es un pilar fundamental en la edificación del sistema educativo y que, además, su contribución, ya sea de modo negativo o positivo, será un fiel reflejo del panorama educativo asentado. Personalmente, creo que las futuras generaciones docentes tenemos una gran responsabilidad, ya que somos nosotros los que debemos luchar contra la falta de estusiasmo o el conformismo, puesto que nosotros, en más de una ocasión, hemos sufrido en nuestra propia piel ese tipo de actitud en nuestro profesorado. Por eso, ante todo, como futuros docentes, lo primero que hemos de tener claro es lo que no queremos ser y lo que no queremos transmitir a nuestros alumnos. La empatía desde nuestra experiencia como alumnado será clave para elaborar un mundo educativo mejor o, por lo menos, más amable.

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